transantiago y discapacitados: nuestra mayor discapacidad

La mañana del 30 de marzo Paola Pino se dirigió a duras penas junto a su hija Yasmín a su centro de rehabilitación, en un extenso recorrido entre La Reina y Estación Central. Todo, lidiando con los trastornos del Transantiago y su pequeña con discapacidad en silla de ruedas. El rostro de la niña, que padece de un retraso psicomotor severo, contrasta con el de su madre, que al ser consultada sobre cómo ha enfrentado el nuevo sistema de transportes, comienza su respuesta con un profundo suspiro.

Paradojalmente a esa misma hora en la ciudad de Nueva York, el Gobierno de Chile, representado por la ministra de Planificación, Clarisa Hardy, estampaba su firma en la Convención Internacional para los Derechos de las Personas con Discapacidad. En un edificio de Naciones Unidas repleto de asistentes se daba curso al primer Tratado de Derechos Humanos del siglo XXI, cuyo objetivo es “promover, proteger y garantizar el disfrute pleno y por igual del conjunto de derechos humanos de las personas con discapacidad”, que en el mundo suman unos 650 millones de personas.

¿Será -como dice la frase- que cada sociedad vive bajo las circunstancias que se merece? Porque cada cierto tiempo Chile se siente el país más solidario del globo, digno de imitar con campañas televisivas y de otro tipo, en donde se mezclan el lucro, la figuración mediática, económica y política, en conjunto con la buena voluntad de algunos, y donde es satanizado todo aquel que se atreva a cuestionar o indagar en torno a las campañas. Pero después de esas veintitantas horas de show o cualquier otra, todo parece cambiar, pues se vuelve a lo más profundo del comportamiento de la sociedad chilena, una pésima cultura de convivencia con la discapacidad.

De ello nadie escapa, no es cuestión de ser autoridad política, médico, dueña de casa, medio de comunicación, trabajador o voluntario. El doble estándar empaña a todos y es posible visualizarlo en los hábitos y en el nuevo sistema de transportes, porque Transantiago, el símbolo del bicentenario, del acercamiento chileno a los niveles de vida desarrollados, el plan estrella de la coalición gobernante, o como quiera llamársele, refleja la discapacidad más difícil de rehabilitar: la de una sociedad que no empaliza con el que es distinto.

En palabras de la ministra Hardy “el gobierno se ha adelantado a esta fase” (de firma del tratado en la ONU) cuando envió al Parlamento, en octubre de 2006, un proyecto para sustituir la actual ley de discapacidad. Sin embargo, ¿cómo entender aquello cuando sólo en la Región Metropolitana cerca de 750 mil discapacitados están viendo vulnerados día a día sus derechos al no poder acceder a un sistema de transportes que adolece de los estándares de calidad y servicio prometidos?.
         
Para Alejandro Hernández, presidente de la Fundación Nacional de Discapacitados, el Estado chileno se presenta a firmar dicha convención con nota roja, pues asegura que estamos “frente a un sistema de transportes que profundiza la exclusión de miles de ciudadanos al impedir u obstaculizar la movilización de estos, pues se están violentando su derecho humano a la Salud, Rehabilitación, Educación, Trabajo, Asociatividad, al goce de los espacios públicos, entre otros”.

La visión de Alejandro Hernández encuentra apoyo en la Corporación Ciudad Accesible, organización que busca promover la eliminación del las barreras arquitectónicas para los discapacitados y cuya presidenta, Pamela Prett, ha participado en diversas conversaciones con personeros ligados a las transformaciones urbanas de nuestra capital y en concreto a la implementación de Transantiago.

En 2003 Aldo Signorelli -ex coordinador técnico del proyecto Transantiago- informó a Ciudad Accesible que se estaba trabajando es pos de mejorar las condiciones de las personas discapacitadas, a lo que la Corporación respondió con una serie de observaciones que apuntaban al estado de calles, paraderos y rebajes de veredas, a escasa señalización en buses (troncales y locales) y la falta de un planteamiento definitivo de la empresa Metro, respecto de la accesibilidad en las líneas 1 y 2.

Ese mismo año, Álvaro Caballero, gerente de marketing y asuntos corporativos de Metro -y actual gerente comercial- argüía no contar con los recursos económicos para la implementación de medidas para discapacitados en dichas líneas, cuyo costo ascendía a los 10 millones de dólares, según el ejecutivo.  Igual planteamiento repite y sostiene hasta el día de hoy.
         
La Fundación Nacional de Discapacitados y su presidente Alejandro Hernández, no dan crédito a dicha respuesta, asegurando que la empresa cuenta con los recursos de sobra pero “la percepción de los discapacitados como un problema, prima por sobre la voluntad directiva de entregarles un buen servicio, y eso lo observamos cuando hace unas semanas el señor Blas Tomic -presidente del directorio de Metro- llamaba a los discapacitados a no usar el tren, lo que para miles de chilenos significa una bofetada en la cara”, afirma Hernández  

Cristóbal Cádiz, quien sufre de paraplejia y vive a diario la situación, dice que el uso de los “escasos ascensores es lo más complicado” al momento de evaluar el plan de transportes estrella de la Concertación. “Constantemente están ocupados y a veces por personas que no deberían usarlos”, afirma el joven. En la práctica, la mayoría de las nuevas estaciones (Línea 4 y 4A) cuentan con el servicio de ascensores y/o salva escaleras, pero es en sus principales y más antiguas líneas (1 y 2) donde el equipamiento para discapacitados sigue sin existir, en tanto destinos estratégicos como Los Héroes, Baquedano  y Tobalaba sólo ofrecen escaleras fijas sin accesos para discapacitados. Todo en medio de un sistema que tiene como eje de movilización al tren subterráneo y cuando su implementación estimula el uso de este.         

Para el Fondo Nacional de la Discapacidad -FONADIS, “el plan Transantiago ayudaría a desplazarse en la capital a las personas con discapacidad”, así lo declaró Leonor Cifuentes, secretaria ejecutiva de la entidad, a 4 días de la puesta en marcha del sistema. A tres meses de aquello el panorama no mejora, sino que empeora. Las medidas tomadas por el nuevo Ministro de transportes René Cortázar, no parecen ir en la dirección que espera la población con discapacidad. Pues si bien ha aumentado la frecuencia, el número de máquinas y los tiempos de espera y viaje han disminuido gracias a los buses “súper expreso”, nada de aquello incluye los requerimientos técnicos para la población con discapacidad y/o movilidad reducida, “beneficiando” -si puede decirse así- a quienes se movilizan normalmente.

“Toda persona con un cargo y compromiso político debe obligadamente actuar fiel a sus compañeros de partido y no fiel a la ciudadanía, ello explica la omisión y las declaraciones conformistas de muchas autoridades de gobierno”. Así se explica Alejandro Hernández, el curso de las acciones desde el gobierno.

Asegura que quienes no tienen ligazones económicas, subvenciones o vínculos políticos de ningún tipo, son los únicos que se atreven a alzar la voz y expresar claramente su disconformidad.

Sin embargo, Denisse Pereira parece más conforme y se toma la situación desde otro punto de vista. Para ella ser discapacitada requiere una doble lucha en todo ámbito y duda que en algún momento exista la igualdad de condiciones. “El mundo esta hecho por personas que no andan en silla de ruedas”, señala. Asegura que a la hora de tomar el bus hay de todo, personas amables que la ayudan, la mayoría indiferentes y, algunos que hasta “gritan o pifean porque el chofer se detiene y se baja para ayudarme a subir”.

De todos modos, esta joven de 23 años no desespera y dice que Transantiago no la ha perjudicado, pues nada se compara con las dificultades que enfrentaba con las micros amarillas. Alude a la existencia de espacios para la silla de ruedas y las rampas de acceso al bus. Las que para la Fundación Nacional de Discapacitados y Ciudad Accesible debieran ser hidráulicas, posibles de controlar desde el comando de controles del operador. Para ambas organizaciones el nuevo sistema de transportes de la capital no cumple los requerimientos que la población discapacitada necesita y sostienen que mientras ello sea así, estamos frente a un transporte que continúa siendo ilegal discriminador y subdesarrollado.

Ante ello la Fundación Nacional de Discapacitados, el día 13 de Abril pasado ya entregó personalmente a la Ministra de Planificación Nacional una serie de medidas que beneficien de manera directa y efectiva a la población discapacitada, sumando ello su petición de un Pase de gratuidad para todas las personas con discapacidad; la instalación de ascensores y salva escaleras en las Líneas 1 y 2 del Metro de Santiago; Instalación de rampas hidráulicas en todos los buses; instalación de semáforos con sonido para las personas ciegas y solución definitiva de pavimento en calles y veredas.  Propuestas todas que más que beneficios, “son medidas para contrarrestar en parte la enorme exclusión e ignorancia imperante en Chile en materia de discapacidad y derechos humanos” señala Alejandro Hernández.

Sólo queda esperar que el mentado “bicentenario” mitigue en alguna medida las faltas y omisiones del sistema de transportes chileno para con las personas con discapacidad. Cuando Transantiago este totalmente implementado y Metro inaugure sus extensiones hacia Los Dominicos y Maipú se espera que algunas de las medidas propuestas por la Fundación Nacional de Discapacitados se pongan en práctica.

La convención que la ministra Clarisa Hardy firmó el 30 de marzo de 2007 en el edificio de Naciones Unidas puede ser un paso más hacia esa dirección. El caso es que Paola Pino y su hija Yasmín continúan dando la pelea entre La Reina y Estación Central, que la dificultad en los ascensores no disminuye para Cristóbal y que las pifias de algunos para que Denisse suba al bus, no dependen de una convención internacional. La cual, dicho sea de paso, señala a la accesibilidad, igualdad y dignidad de las personas discapacitadas, como obligaciones de los estados parte y la sociedad en su conjunto. Hasta ahora sólo vemos que el desarrollo también excluye.

 

El Autor es Estudiante de la Escuela de Periodismo
Universidad de Santiago de Chile
Mayo de 2007

 

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